Las pruebas PISA

December 19, 2016

Mi experiencia con niños con dificultades en el aprendizaje, de todos los niveles, incluyendo la etapa inicial, desde la cual surgen estigmatizaciones y conflictos generados por las instituciones que no tienen conocimiento integral psicológico evolutivo de los niños, los padres que tienen información distorsionada y lo peor es que profesionales que tendrían que tener un conocimiento profundo de la dinámica psicológica, que involucra a los médicos en general que opinan y particularmente los psicólogos, psiquiatras y psicopedagogas que toman el problema parcializado, generando consecuencias funestas para los niños. Esto se lleva a la escuela primaria, sobre todo se evidencian los problemas no resueltos en el primer ciclo, de 1º a 3º, etapa crucial en todo lo que sea aprendizaje, fundamentalmente en materias duras como matemáticas, idiomas y el lenguaje escrito, oral y gestual, dificultando la comprensión. Generando para el segundo ciclo grandes barreras que se trasuntan en los alumnos, en repliegues sobre sí mismos, autoaislamiento y situaciones conflictivas, haciéndolos rebeldes a concurrir a clases. +

A punto de partida de esto, se pone en movimiento artillería de toda índole dado por los gabinetes pedagógicos y de trabajadores sociales y es aquí, lamentablemente no con mucha frecuencia, recibo niños con dificultades y generalmente uno de los integrantes de la familia, si esta relativamente integrada, tiene problemas de proyección psicológica generando una situación anárquica en la escuela, en la casa y en el ambiente social que rodea al niño. En el momento de dar opiniones, todos son especialistas discursivamente pero fáticamente se convierten en fracaso para el niño o joven, porque llevan este problema también al nivel terciario y universitario, y luego ocurre que no tienen una buena formación para poder desempeñarse en forma autónoma en la vida.

Por eso, el programa nacional es un injerto para nuestra realidad educativa y en conclusión en una pérdida de tiempo y un gasto inmenso de dinero.

 

Adjunto Artículo de Diario El Popular

 

 

EDICIÓN IMPRESA // LA CIUDAD

 

Evaluaciones estandarizadas que ignoran el contexto de cada país

 

Las pruebas PISA: una discusión estéril y la ausencia de una educación transformadora

 

 

El debate por las pruebas PISA pasó apenas por un pase de facturas entre el kirchnerismo y el macrismo. Falta discutir si es digno que los organismos internacionales monitoreen desde la economía hasta la educación. Y en qué beneficia a la Argentina comenzar a ser miembro de un Club de Países Ricos (OCDE, organizador de las PISA). Falta, fundamentalmente, la decisión de discutir para una educación transformadora de la vida.

 

Silvana Melo

smelo@elpopular.com.ar

El gran debate sobre la educación en la Argentina pasó esta semana por las pruebas PISA (Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes). Pero no se trató de una discusión profunda, transformadora, que revolucione una escuela que ha dejado de ser pública para ser estatal. Y estatal de este Estado, lo que no garantiza equidad para nadie. El debate ardió alrededor de una discusión político partidaria, en la que cada uno se quitó el sayo que le correspondía y se lo asestó al otro. Sin que existieran cuestionamientos concretos a una especie de evaluación globalizante, apurada por un organismo internacional (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE), estandarizada y sin tomar en cuenta el contexto de cada uno de los 73 países a los que penetra.

La Argentina fue excluida del ranking de las PISA, titulaban los diarios y funcionarios y pedagogos ortodoxos se rasgaban las vestiduras. Aunque esa exclusión, en caso de que se la considerara negativa, es fruto de la realidad del país, de la que la mayor parte de los indignados es responsable. 

Tan impredecible -y sorprendente- es el país, que fue evaluada la mitad de los estudiantes previstos. Y no hay posibilidades de comparación con ediciones anteriores (la Argentina está integrada desde 2000). Esta anemia en la participación está atada a las infinitas reformas que se encararon en los últimos treinta años: el final de una y el comienzo de otra generó en los papeles la marginación de numerosos estudiantes evaluables. Y también es consecuencia de la atomización de los años 90, cuando la Nación se sacó de encima la educación y la desparramó en las provincias. Hoy existen tantos sistemas educativos como estados provinciales.

Mientras tanto la ciudad de Buenos Aires, integrada apenas en la última edición de la prueba, tampoco tiene posibilidad de confrontar conclusiones y arrojó resultados espectaculares. Después, el propio ministro de Educación de la Nación, Esteban Bullrich, confesó un operativo "sensibilización" en las escuelas participantes. En buen romance, se los entrenó para que supieran responder. Por lo tanto, la conclusión no es creíble. No es seria.

Cocina y gallinero

En este contexto, las pruebas estandarizadas y sin contemplar los contextos culturales y sociales de cada país son paradigmas de la estructura globalizada. En la que el verdadero lineamiento de los procesos educativos proviene de la cocina internacional. En una casa en la que América Latina ocupa cómodamente el gallinero. Sin posibilidades de acceder, al menos, a un cuartito de atrás.

La delegación local de esa enorme cocina donde se cuecen los destinos, está ocupada por Esteban Bullrich, elegido por el Presidente para gerenciar la educación. Entre otras joyas intelectuales, el ministro de Educación dijo, ante la Conferencia Industrial Argentina que "me paro ante ustedes como gerente de Recursos Humanos, no como Ministro de Educación". Es decir que el país educa niños para que se transformen en engranajes empresariales. Y el ministro es un CEO más.

Está muy claro: los funcionarios (como el responsable de Loterías de la Provincia que renunció porque no acordaba con los tributos al juego) son delegados y lobbistas de las empresas. Y no garantes de la autonomía del estado ante el avance empresarial.

Para Esteban Bullrich, "el sistema educativo está diseñado para hacer chorizos, todos iguales". Se equivoca: la escuela está lejos de ser democrática y equitativa como para ofrecer una educación de una misma calidad para todos. Centenares de miles de niños de barrios alejados, asentamientos y villas reciben una educación escasa y posibilista, que les destina apenas aquello que pueden aprender por desgracia de origen. Serán chorizos pero pobres chorizos. Más pequeños, con menos relleno, con más harina que carne.

Mandatos

El gobierno argentino comenzó este año las gestiones para ingresar a la OCDE, organizador de las pruebas PISA y conocido como el "Club de los Países Ricos". Es decir, la Argentina no es miembro pero sí es destinatario de los lineamientos educativos de los países más poderosos y de mayor concentración de la riqueza en el mundo. Como el gato que se mira al espejo y se ve león, la Argentina quiere entrar. Y hacerse parte de un grupo al que no lo une ningún rasgo de pertenencia. Intenta que, si hay chorizos, que sean excelentes e idénticos. El resto, el que no da el target para chorizo, no será. Como define el psiquiatra Alfredo Grande, hay una disputa de la "predestinación cultural sobre el ‘deber ser’ " y "la maldición del padre de la patria": "no serás nada". Quien no cumpla el mandato, no será.

Mientras tanto la OCDE, como la define la pedagoga Adriana Puiggrós, se transforma en "gendarme de la calidad educativa del mundo". Y junto a sus socios, el FMI, el Banco Mundial o el BID, mantienen con la soga al cuello a los países emergentes. Lista en la que figura la Argentina, mal que les pese a muchos.

Las pruebas correspondientes al Programme for International Student Assessment (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos, PISA) "responden claramente a las exigencias del mundo globalizado y a la circulación de cerebros privilegiados como mercancías altamente tasadas", analiza la educadora mexicana Tatiana Coll. Y gran parte del país opinante, influido por el veredicto inapelable del discurso mediático y gerencial, se horroriza de que tantos chicos en el nivel medio no comprenden lo que leen y de que casi un millón de jóvenes no estudia ni trabaja (no por vagancia, sino porque la escuela lo expulsó y el mercado laboral no lo ingresa). Y se indigna porque al país le pasó en la OCDE lo que a tantos pibes en desgracia les sucede en la escuela cada año: quedar afuera. Excluido. Cesanteado.

Hilos

A la vez, se exige que los niños / adolescentes pasen de año como sea para exhibir porcentajes mínimos de deserción y repitencia. Y aplaudir que la educación argentina tiene buenos indicadores, de la estadística para afuera. Los docentes acatan y siguen sin comprender a un Estado que les engorda el salario con sumas fijas fuera del básico y luego arma operativos contra el empleo en negro en kioscos y almacenes.

Son 4.800.000 los alumnos en la provincia de Buenos Aires. Un millón y medio oscilan entre la pobreza y la indigencia. A ellos no los elegirán para la prueba PISA. No se los puede coachear (perdón por el espantoso anglicismo). No hay nadie dispuesto a transformar la vida de los niños en lugar de entrenarlos durante dos meses para que actúen de chorizos presentables ante el mundo que ni siquiera mira para este lado.

La escuela, con PISA o sin ella, hoy es incapaz de cortar el hilo de la fatalidad que ata a los chicos condenados por origen a un destino inexorable. Y si no puede torcer el estigma de un rumbo, deja de tener sentido. Digan lo que digan las pruebas PISA.

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