Electroshock y Empastillamiento en los años '60 y '70

October 22, 2018

Es lamentable que hayan existido practicas de mala psiquiatría y que hayan tenido un propósito criminal, si bien el electroshock está en desuso, aun hoy en día siguen los encastillamientos y son casi un clásico, como también la idea de internación para enfrentar los problemas psiquiátricos, algo muy proclive de los médicos en general y de muchos de mis colegas. 

Comparto con ustedes la siguiente nota publicada en el Diario El Popular de Olavarría.

 

Historias de militancia y locura. Toty Svensson y el Negrito Toledo

 

"Ana alumbrada" y el rol de los médicos durante la época del terrorismo de Estado

 

 

El libro "Ana alumbrada" es el resultado de la búsqueda de una historia de vida. Alejandra Slutzky rastrea la historia de su mamá, Ana "Toty" Svensson, militante política de los 60 y 70 neutralizada en un psiquiátrico. Son numerosos los casos en los que el electroshock y el empastillamiento fueron el pasaporte a la locura y al suicidio: la historia de Jorge "el Negrito" Toledo es una muestra palpable de ese horror. Las responsabilidades de los médicos en el Estado terrorista.

Ana Svensson y sus hijos.

 

Claudia Rafael

crafael@elpopular.com.ar

Pocas problemáticas han sido tan escasamente investigadas como el rol de la medicina durante el terrorismo de Estado. Los médicos siguen gozando de un status social preferencial porque son quienes están formados para salvar vidas, para ayudar a traer vidas y para sanar de dolores. Mientras que los militares han sido formados para el uso de las armas. Con lo que, a pesar de que muchos nombres de médicos –varios en Olavarría- han sido denunciados e, inclusive, procesados por su triste papel en la dictadura, han continuado con el ejercicio de la medicina sin cuestionamientos.

Es a partir de la búsqueda de la verdadera identidad de su madre, de quien sólo sabía que "estaba mal de la cabeza", como le habían dicho históricamente, que Alejandra Slutzky pudo reconstruir la responsabilidad de muchos psiquiatras en la destrucción de personas. En una investigación que publicó recientemente en su libro "Ana Alumbrada. Militancia, amor y locura en los 60". Allí no sólo va encontrando a esa mujer bella, sensual, militante, creativa, que se carteó casi hasta el final con su querido amigo Julio Cortázar –quien le envió mensualmente dinero para que pudiera estar en un manicomio (como se los llamaba entonces) un poco mejor que el Moyano- sino a muchos otros que fueron llevados a psiquiátricos que funcionaron como centros clandestinos de detención.

La tortura era el electroshock o el empastillamiento. Las drogas innecesarias o la sobremedicación fueron generadoras de síntomas psiquiátricos. Y no sólo se puede ver la entera historia de Ana Svensson, madre de Alejandra, sino que se van desgranando historias similares.

En uno de los tramos del libro remite, incluso, a la Unidad Penal 2 de Sierra Chica. Y allí se desnuda la historia de una víctima que "intentó suicidarse en el penal de Azul después de haber sido torturado y, al parecer, haber intentado planear una fuga y ser descubierto, por lo cual lo aislaron". Las torturas fueron físicas y psicológicas. E incluyeron el suministro de drogas que le generaban fiebre. "Se despertó un día en el penal de Sierra Chica, donde sufrió también la tortura y lo inyectaron para tratarlo por ´esquizofrenia paranoica´". Le administraron psicofármacos (haloperidol), estando a cargo del doctor Wayberg" (sic). Un año y medio de aislamiento y golpizas continuaron con un traslado a la Unidad 20 del Hospital Borda y entre idas y vueltas por varios penales lo regresaron al Borda hasta su liberación en 1980.

Pastillas

en Caseros

Olavarría conoce otras historias donde el fantasma de la locura rondó las vidas de militantes políticos de los años 70. Jorge "el Negrito" Toledo, contador público olavarriense, fue llevado al suicidio por psiquiatras inescrupulosos en los pabellones de la cárcel de Caseros que lo medicaban en forma alternada hasta arrasar perversamente con su psiquis. En el plazo de dos años, Caseros tuvo dos suicidios: el de Toledo y el de Eduardo Schiavoni. Y no fue casual.

"Armamos una pequeña red para controlar la medicación y nos dimos cuenta de que un día no le daban y, al otro, le hacían tomar todo junto. Las entrevistas con psicólogas y con el psiquiatra lo violentaban, lo tensionaban, volvía temblando, al borde de la convulsión", reconstruyó a esta periodista el sobreviviente Hernán Invernizzi en relación a Toledo. Ninguno de esos profesionales fue siquiera rozado por la justicia.

Y si bien Argentina ha quedado a la vanguardia en el juzgamiento de represores, no ha habido un estudio concienzudo del rol de los profesionales de la salud. Como a través de algunos libros se analizó ese rol en relación a los médicos del nazismo.

En el prólogo de Ana Alumbrada, la psiquiatra Astrid Rusquellas recuerda cómo Robert Jay Lifton, autor del libro "Los médicos nazis" habla de la "normalidad maligna, que se produjo en la sociedad alemana y que vimos en otras sociedades sumidas bajo el totalitarismo". Y Rusquellas agrega que en Argentina "se empezó a normalizar lo siniestro (…) El terrorismo de Estado enferma a las sociedades atacando los vínculos humanos de solidaridad, incluso los vínculos de muchas familias".

El neurólogo alemán Julius Hallervorden planteó durante el régimen de Hitler: "Les dije, escuchen muchachos, si realmente van a matar a toda esa gente, saquen al menos el cerebro para que puedan ser útiles. Ellos me preguntaron, ‘¿cuántos podría analizar?’ Yo les dije, ‘un número ilimitado, cuantos más, mejor". Y fue el mismo Hallervorden quien extrajo casi 700 cerebros de cadáveres de pacientes epilépticos, esquizofrénicos y con otras patologías, englobados como "idiotas" o "comedores inútiles". Eran inservibles a los ojos hitlerianos porque constituían "un gasto" para los alemanes. Y las propagandas nazis hablaban del expendio mensual de 60.000 marcos que generaban personas con patologías psiquiátricas.

Holanda a los 14

En el legajo de Ana Svensson que Alejandra Slutzky pudo rescatar del Moyano indica que "no tenía ningún síntoma psiquiátrico cuando ingresó, pero los fue desarrollando a lo largo del tratamiento". Y a través de la reconstrucción por medio de testimonios, se lee en el libro que "Ana renunció a todo por sus convicciones: abandonó sus pinturas, sus poesías, sus amistades intelectuales y el mundo del arte. Todo lo resignó para luchar, convencida de que era la única salida para su país".

Además de reencontrar a esa mamá con la que había perdido todo contacto en los últimos tramos de la década del 70 -cuando ella y su hermano debieron escapar del país con 14 y 13 años para refugiarse en Holanda- el gran hallazgo fue a su vez ir recogiendo otras historias similares. Y permitiendo a otros hijos reconciliarse con las vidas maternas al saber cuáles habían sido sus destinos.

Juicios

Cuando se tomaron las primeras decisiones políticas de juzgamiento de los militares implicados en el terrorismo de Estado, durante el gobierno de Alfonsín, el poder de los victimarios todavía no estaba del todo minado. Y de hecho, ese primer mandato democrático sufrió coletazos y reacciones que lo hirieron fuertemente.

Cuando años más tarde, ya en la etapa kirchnerista, los juicios se ampliaron y se llegó a sentar en el banquillo a más de 3000 represores a través de casi 600 causas, el contexto social era muy distinto. Y niveles de conciencia avalaron esos juzgamientos al punto tal de que las manifestaciones contra el 2 por 1 para los delitos de lesa humanidad pudieron frenar un intento por concretar esa medida legal.

Sin embargo, los profesionales de la salud condenados han sido escasos cuando muchos fueron piezas fundamentales para mantener con vida a desaparecidos y poder continuar las torturas sin que se murieran antes de tiempo, firmar partos falsos para justificar entregas de bebés nacidos en cautiverio a sus apropiadores, llevarse bebés como souvenirs a sus casas, aplicar electroshocks y empastillar detenidos hasta enloquecerlos y neutralizarlos.

Los médicos implicados en esas prácticas tenían herramientas poderosísimas que utilizaron contra la vida y no en su favor. Y esa es una deuda pendiente.

La muerte del "Negrito" Toledo sigue estando impune y no hay esperanzas de que alguna vez haya justicia real.

Alejandra Svensson, la hija de la bella Toty, logra empezar a desentrañar ese terreno tabú en una historia densa, marcada por un ritmo implacable, que concluye cuando logra encontrar sus restos en el cementerio de Lomas de Zamora. Final que no implica un spoiler porque desde su niñez, ya en aquella Holanda que la recibió a los 14 años, supo que su mamá había muerto en un manicomio y que ella no la había podido despedir.

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